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Noir Mex: el cine negro mexicano.

Para el FICM es esencial promover, difundir y apoyar al cine mexicano. En nuestra 12ª edición, se proyectó un ciclo de cine negro mexicano que se ha exhibido alrededor del mundo en importantes foros, como el MoMA en Nueva York.

En los caminos de México a la modernidad, entre finales de los años 40 y principios de los 50, aparece un género cinematográfico al estilo del cinema noir, en el que la noche se impone al día, la moral se corrompe y la ciudad es testigo de perversos crímenes. El cine negro mexicano puede rastrearse desde los años 30, sin embargo es hasta que Alejandro Galindo realiza Mientras México duerme (1938), que emerge un cine negro sustancial, “es el retrato de un México nocturno de alcohol, himeneo, crimen y música de cabaret”.

El cine negro fue un género que se importó de Estados Unidos, caracterizado por historias sobre crímenes en una sociedad corrompida, donde la línea que divide a los buenos y malos es borrosa. Los protagonistas son antihéroes que generalmente ocultan un pasado tenebroso. La mujer deja de ser sumisa y se convierte en una femme fatale, capaz de utilizar su sensualidad para obtener lo que desea.

Con motivo del ciclo de cine negro mexicano, Rafael Aviña escribió para el catálogo del FICM un artículo titulado: “Noir Mex: el cine negro policiaco mexicano de la Época de Oro”, en donde define claramente los filmes y las características de cada uno para ser considerados como cine negro. Para entender mejor qué es el cine negro mexicano reproduciremos los acertados comentarios de Aviña sobre algunas de las películas que conformaron dicho ciclo, que además son clásicos del cine mexicano.

Distinto amanecer (1943), filmada con impecable elegancia por Julio Bracho, ejemplifica con sutileza varias de las claves emocionales del cine negro en su conjunto: una atmosférica fotografía de Gabriel Figueroa. Escenarios vaporosos y claustrofóbicos, los haz de luz que parecen marcar a los protagonistas, una obsesión por las decisiones del pasado y una narración dramáticamente romántica para contar la historia de un matrimonio en crisis interpretado por Alberto Galán y Andrea Palma, y la presencia de Pedro Armendáriz, un antiguo compañero suyo y dirigente obrero perseguido por los esbirros de un político que desea arrebatarle ciertos documentos comprometedores.

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Distinto amanecer (1943), de Julio Bracho.

La otra (1946), una trama criminal protagonizada por Dolores del Río en un doble papel. La habilidad de Revueltas, con amplia experiencia como reportero policiaco, más la sensibilidad de Roberto Gavaldón para internarse en extraños recovecos de la mente humana, dieron como resultado una obra intrigante, la primera de una larga lista de colaboraciones juntos. Es la historia de dos hermanas gemelas: una pobre manicurista y una viuda millonaria; la primera asesina a su hermana y la suplanta, aunque desconoce que heredará, además de dinero, su oscuro pasado.

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La otra (1946), de Roberto Gavaldón.

La diosa arrodillada (1947), inspirada en un relato del húngaro Ladislao Fodor, con guión de José Revueltas y el propio realizador Roberto Gavaldón, prevalece una enorme química sexual en la pareja protagónica que forman una voluptuosa María Félix y Arturo de Córdova, un hombre que no se decide entre la pasión y el deseo por su amante y el amor por su mujer que encarna Charito Granados. La escena final en la cárcel, resulta un fiel retrato del noir: una suerte de descenso al infierno a partir de una pasión y una culpa que impide la felicidad de los amantes, como lo muestran algunos clásicos relatos policiales de la época.

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La diosa arrodillada (1947), de Roberto Gavaldón.

La noche avanza (1952), inspirada en un argumento de Luis Spota, adaptado por el propio director, Roberto Gavaldón, José Revueltas y Jesús Cárdenas. Ambientada en el universo de las apuestas en el Frontón México, narra la historia de Marcos Arizmendi (un vital Pedro Armendáriz sin bigote), un arrogante campeón de pelota vasca (pelotari) capaz de desechar a toda clase de mujeres jóvenes o maduras y de enfrentar y burlar al poder del gansterismo deportivo encarnado en la figura de un jefe criminal que interpreta José María Linares Rivas, aunque, por supuesto, no puede escapar a su destino, trazado por la ambición, pero, sobre todo, por la soberbia.

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La noche avanza (1952), de Roberto Gavaldón.

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